¡Que empiece el espectáculo!
Hoy es 1 de diciembre. Se han disparado todos los cañones y dado todos los pistoletazos de salida. A partir de hoy y hasta el 5 de enero, la televisión —que ya de por sí es una lucha constante en los meses con menos advenimientos— se convierte en una cascada publicitaria, en un manatial de anuncios, una eyaculación incontrolada de spots. Hoy he medido 32 minutos consecutivos de publicidad en un mismo canal mientras cenaba. Ni me molesto en buscar legislaciones europeas o normativas nacionales al respecto. Ninguna regulación por permisiva que sea, puede pensar que más de media hora de anuncios seguidos es algo razonable. Pero como con tantas cosas, la ley muchas veces no se aplica ni poco ni mucho, símplemente se ignora.
El destinatario último de todo ese esfuerzo denodado de creativos, realizadores y profesionales de la comunicación y de la imagen no es otro que ese chaval de ocho años y esa niña de nueve y medio. Por la parte baja del segmento se persigue hipnotizar a los recientes portadores de premolares de leche y por la parte alta de la tabla está la nueva púber con toda su imaginería. El objetivo no es otro que convencer a estos futuribles asalariados de que el deseo es de plástico y se llama Sony PSP o es la muñeca teledirigida que funciona con pilas de litio y que cambia de color, idioma o edad a un toque de botón en el más puro estilo de los defensores del diseño inteligente.
Con la connivencia de las fuerzas del mercado, empresarios, políticos, educadores y padres, los niños ingieren hoy la semilla que habrá de llevarles el día de mañana a completar el catálogo del juguete adulto, el coche, el home theater, el televisor de plasma, el piso, el diamante para toda la vida (aunque dentro de tres años se olvide para adquirir un rubí para toda la eternidad), los zapatos de Prada, los cosméticos de lujo, el jacuzzi, ... y todo lo que de de si el dinero ganado con el sudor de las esforzadas cabezas de estos pequeños de la casa. Nada, al fin y al cabo, que no hayan hecho sus propios progenitores.
Es más, la osadía del juego didáctico y de la experiencia lúdica ha dado paso hoy, al extinguirse, al artefacto que proporciona la harmonía y la paz familiar, breve, pero paz al fin y al cabo. Después de todo, si el niño juega a la vídeo-consola, papá puede llegar a casa y ver el fútbol tranquilamente, mamá puede colgarse del teléfono con su mejor amiga y la hermana mayor puede encerrarse con el iPod en su cuarto a sobrellevar, mal que bien, otro día penoso hacia el final de su pubertad.
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