sábado, 20 de mayo de 2006

Casualidades

Hay casualidades de muchos tipos, algunas con cierta lógica escondida y otras a las que me cuesta darles credibilidad. Las que más me confunden son las que suceden con encuentros a miles de kilómetros de donde yo hago mi vida habitual.

Como aquella vez en Nueva York en 1994 en la que, con mi amigo Dani, estaba cenando en un restaurante humilde en la calle 112 que nos había recomendado Bob, un individuo al quien le habíamos okupado la casa. Era un restaurante cubano, barato y poco más. Cuando ya salíamos del local, vi a una pareja sentada y reconocí en la chica a Mariana, una chica canaria con quien había ido al colegio en Madrid. Resulta que vivía a la vuelta de la esquina. Ese encuentro me salvó de peligros mayores cuando, semanas más tarde, perdí mi vuelo de regreso a España, me quedé sin maleta y sin nada.

Otra coincidencia de esta clase me pasó hace pocos años, durante una navidad que pasé en Goa (India), —en una comida con unas 50 personas de mi familia— distinguí entre todos los parientes comensales a un tío rubio de aspecto escandinavo. Cuando mi nonagenaria tía abuela Silvia me dejó marchar de su lado, me acerqué a interesarme por el "guiri". Iba vestido con un kurta, al más puro estilo local, lo cual era un poco estrafalario. Andreas —así se llamaba– resultó vivir en Berlín, como yo, y ser un solista de piano de una gira por India. Había acabado en la cena de mi familia porque una tía mía, directora del conservatorio local, le había invitado... Dos semanas más tarde, ya de regreso en Berlín, iba yo conduciendo mi coche mientras arreciaba una intensa nevada. De pronto, tuve que frenar de golpe en un semáforo porque cruzaba un peatón a paso ligero y casi me lo llevo por delante. Resultó ser Andreas, el mismo pianista. El ni me vió, desapareció tras un portal. Me confirmó unos días después que sí fue a él a quien vi.

Más recientemente, hace dos semanas, conocí a un médico alemán a través de un amigo. Mientras charlábamos tomando una cerveza en una plaza de Gracia, me dijo que sólo llevava dos semanas en Barcelona a donde había venido a vivir. Al final de la noche me dió su tarjeta por si un día quedábamos para hacer algo. Al ver en la tarjeta su dirección de Berlín me quedé pasmado. Resulta que ha vivido los últimos seis años en frente de mi casa en Berlín, en el piso frente a mi ventana. Yo vivo en esa casa desde el 2000 y nunca le había visto en ninguna tienda ni restaurante de mi calle.

Estas cosas me dejan perplejo.



Casa de Markus, vista desde mi ventana.

1 comentario:

Anónimo dijo...

¿Es también casualidad que ya no escribas?