lunes, 21 de mayo de 2007

La Ferretería

Ahora que dispongo de algo más de tiempo, me animo a bajar a la ferretería a comprar un pegamento instantáneo para ver si logro arreglar un zapato que desde hace unos días parece que tiene boca. Cada vez más frecuentemente dejamos de reparar las cosas para, en cuanto muestran el primer asomo de desgaste, cuando asoma la primera avería, en cuanto aparece el primer roto, arrojar toda clase de objetos a la boca insaciable del contenedor más próximo que, con un estilo al más puro hombre-de-las-galletas, engulle y tritura sin piedad el imaginario doméstico local, que hoy en día va desde el PC ya antiguo hasta prendas de ropa que no se diferencian en nada de lo que luego las marcas de auténtica vanguardia se sirven vendernos en el mismísimo estado en el que nosotros nos despojamos de ellas, eso sí con materiales recién rotos y realizados en las regiones más remotas del planeta. Así andamos de neurósis colectiva.

Me planto en la ferretería. Digo "la" porque desde que estoy en Barcelona para mi sólo ha habido una, que es la Ferretería Soriano, en Mayor de Garcia 53. Es de los pocos comercios que quedan en el barrio donde aún se respira algo de sabor auténtico. En la oscura y angosta tienda solía atender un ferretero fenomenal. Tras darle a uno los buenos días o las buenas tardes, le hablaba a uno siempre de usted como si hablase con un embajador de tierras lejanas. Era un señor alto y distinguido con unos bigotes de atusar, gafas de antiguo y unas maneras galdosianas de las que le hacían pensar a uno que se encontraba en una película de época. No era necesariamente simpatía lo que desprendía, sino una seriedad de comerciante con tablas. Vendía desde tornillos sueltos hasta cuchillos cebolleros. Se veía que le iban ganando los productos en lote, pero mantenía el tema todo lo controlado que le era posible.

Hoy al entrar, un fornido joven que le ayudaba en la tienda me ha comentado que no quedaba el pegamento de contacto que le pedía. Tampoco lo iban a reponer ya que la tienda se va a traspasar este agosto. Al verme entrando en una futura tienda de teléfonos móviles la próxima vez que necesitara un mango de sartén, le he preguntado el por qué de semejante despropósito. Como ya anuciaba la ausencia del regente del local, me ha informado que el propietario ha fallecido recientemente. Hemos intercambiado unas frases sobre la peculiar personalidad del ferretero, hijo y nieto de ferreteros que regentaron este local de Gran de Gracia. Así es cómo se acaba, me imagino, un siglo de tradición comercial. Estaba hoy su hija en el local, una joven que —posiblemente— ha decidido que ella no quiere dedicar su vida a un anacronismo semejante, mientras el negocio se lo lleva Leroy Merlin, Buhaus u otro colonizador de mercados, en un tiempo en que ya nada se hace sino que todo se reemplaza. Lo entiendo. Me quedo con un sabor agridulce de que se nos está muriendo, en esta postmodernidad nuestra, todo aquello que nos ataba a algo. En la deriva que supone no atarse a nada, navegando en un océano de opciones que acaba por eliminar el valor de lo próximo y real, me he ido de la ferretería caminando calle arriba, sin mi pegamento, pensando en que lo realmente triste es lo que sucede ahora, el arrasar con todo lo creado, para renovar con lo efímero e impersonal, con la cadena de tiendas que se haga con el local de la Ferretería Soriano. Son las voraces reglas del capital, crecer o sucumbir. No puede uno aspirar a tener una tienda y que ello sea por sí mismo un objetivo a alcanzar. No si no creces, no si no te comes el local de al lado y luego el del pueblo de al lado. Una pena para tantas profesiones que no suponen ni un ínfimo bocado para el gran capital de las multinacionales.

Yo soy el primero que elogio como las máquinas facilitan la vida y agilizan la eficiencia. Comprar chismes por internet, sacar billetes de tren en una máquina, buscar música en catálogos digitales... Todo maravilloso. De lo que no me doy cuenta es de que ese tiempo que gano al hacer estas cosas así, no lo entrego a otro tipo de interacciones con personas necesariemente, personas reconocibles y que nos reconocen. Me quedo sin la voz del experto gremial que además es vecino y cuando voy al mercado me saluda y hablamos de cualquier cosa, dándome un sentido de pertenencia que cada vez es más difícil de tener.

2 comentarios:

Anfibius dijo...

Yo también he tenido esa sensación en alguna ocasión; que el mundo de sólidos amarres se desmorona a nuestro alrededor y nos quedamos a merced de las multinacionales y las franquicias. Recordamos entonces el maltrato a que nos sometía aquel tendero recalcitrante hasta con cariño.
Bueno, eso es cierto. Sucede. Pero otros tiempos de cambio ha habido antes, y aunque esto no consuele, nos deja claro una vez en marcha no hay vuelta atrás. Entonces sale lo que somos de verdad, sin la muleta del contexto obligado. Perdemos interacción, si pero ¿era una interacción de calidad? ¿Interaccionamos menos pero con más sentido? La pregunta, tal vez, sería:
¿pasamos de los demás porque las máquinas no nos dejan, o pasamos de los demás porque por fin podemos?
No hace mucho estuvo una temporada en Tokio y debo decir que me ha tranquilizado. Esa ciudad es sin duda la gran megalópoli; interaccionas seguramente con más máquinas que con personas (hasta en el baño), pero los japoneses siguen echándose sus cervezas y comiendo pinchitos de pescado al salir del trabajo, en grupos, en callejones estrechos entre rascacielos. Vamos, que con todas sus peculiaridades culturales, interaccionan hasta donde les gusta. Como nosotros, ni más ni menos.
Vaya, me parece que me he enrollado un poco.

Anónimo dijo...

Nos estamos globalizando irremediablemente, no se si estoy muy de acuerdo con hans, es verdad que se mantienen las relaciones sólo con quienes más nos interesan.., pero hay mucha riqueza y romanticismo en las relaciones con nuestros tenderos favoritos, "caseros" en Chile, mi país: Mi madre acaba de morir y ella era una tendera, "caserita" por 30 años y más de muchas personas que iban no sólo a comprarle sino también a conversar con ella y a contarle sus secretos y tristezas y alegrías, en sus funerales, muchas personas se nos acercaron para decirnos que ella era su gran amiga y confidente, ella honró esas confidencias no comentándolas nunca con nadie, ni siquiera con nosotros, sus hijos, y teniendo siempre un consejo cálido y generoso para cada una de esas personas que se sentían tan particularmente cercanas a ella. Luego de su partida, a mi vez, recibí el abrazo reconfortante, del inmigrante croata que me vende los diarios y revistas, de la señora china a quien le compro el té y de la chilena a quien le compro mi shampú y cosméticos, gente toda interesada en mi, mis historias y acontecimientos y por cierto, yo en los suyos. No me resigno a que estas relaciones desaparescan.
Isabel