lunes, 4 de junio de 2007

Ladriloquio

Abandono Madrid tras pasar unos cuantos días entre las familiares calles de una ciudad que conocía bien. Encuentros con muchos amigos, jóvenes familias, con otras personas de mi vida que ahora tienen su residencia en esta ciudad o están de paso, como yo. A medida el tren abandona lentamente la ciudad por los barrios del sur, veo como el ladrillo avanza extendiendo lenguas de rojo arcilloso y gris cemento, monolitos seccionados por calles, en esas construcciones masivas, pensadas para alojar el mayor número de viviendas posibles. Cierra uno los ojos y puede ver la decrepitud y decadente envejecimiento de kilómetros de construcciones ausentes de ambición estética, cero integración con un paisaje urbano. Esto debe ser el futuro. Como hongos cúbicos, se alzan para ofrecer una precaria promesa de habitabilidad en colmena, con el beneplácito urbanistas y con el silencio pétreo de vecinos que habitaron la anterior hilera de edificios hace sólo pocos meses.

La llegada a Zaragoza nos saluda con gruas de construcción hasta donde me alcanza la vista. Parece que son muchas las urbes afectadas por el crecimiento despiadado. Me río de las preocupaciones en décadas pasadas por el asbestos. La futura preocupación será cómo vivir en un paisaje oxidado de moles aparatosas. No hay escombreras en esta parte del globo a las que arrojar tanto edificio penoso. Ni falta que harán, porque ahí se quedarán como testimonio silencioso —ya que no invisible—del gozoso tiempo del pelotazo inmobiliario. La prensa de los últimos días anuncia a bombo y platillo el fin de la era del ladrillo. Mientras cruzo la península, observo el legado demoledor que nos ha dejado la época dorada del cemento. Toda una herencia que ni los niños de hoy ni sus hijos lograrán entender y mucho menos derribar. No les hará falta entender algo con lo que crecen y que les parecerá natural.

La gente ser ríe de Marina D'Or y de Marbella, pero cualquier suburbio de Madrid, o las colonias construidas en el litoral, las urbanizaciones que rodean algunas poblaciones de Barcelona, el arrrase de la Coumindad Valenciana,... son fenómenos que casi ya tienen su propia réplica en muchas comunidades autónomas. Es el fabuloso resultado de permitir que la recalificación sea la fuente principal de financiación municipal, el logro de una regulación del suelo hecha para favorecer el desarrollo urbano precario, el descontrol que ahora emerge como punta del iceberg en los casos de corrupción de las corporaciones municipales.

Es España®, orgullo del crecimiento económico en la zona euro. Una y grande. Ahora también asfaltada y supermineralizada.

1 comentario:

Anónimo dijo...

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