viernes, 18 de noviembre de 2005

Cumplir años: una prueba cada vez más dura

Hace un mes me fui a Sicilia de vacaciones para, entre otras cosas, escapar de tener que celebrar mi cumpleaños. Tras un día en Nápoles (ciudad en guerra o casi) nos fuimos en barco a Palermo. Al cabo de un par de días de turismo por Palermo y sus alrededores nos cansamos de dar vueltas. Cogimos el coche, cruzamos la isla hacia el sur y nos pusimos a buscar alguna playa decente. Acabamos viendo una que parecía perfecta porque hasta donde se perdía la vista no había ni un solo especimen humano.

Resulta que la playa pertenecía a una reserva natural para aves migratorias llamada Torre Salsa. Nos indicaron que era posible alquilar unos bungalows en el complejo donde vivían unas personas que eran en parte responsables del mantenimiento de la reserva. Alquilamos una choza y nos pasamos bastantes días tumbados a la bartola: agua salada, arena y sol. Una rutina demoledora. A los tres dás sin leer el e-mail ya era otro.

La víspera de mi cumpleaños bajamos a un restaurante chic de un pueblo cercano. Nos pusimos literalmente las botas. 13 (platillos) entrantes, un primero, un segundo, y un postre cubierto con chocolate derretido. Para llorar. A la una de la noche estaba ya listo para dormir (todo el día al sol haciendo nada, agotamiento absoluto). A las cinco de la madrugada y como me había bebido una Heineken de litro, me desperté y fui a orinar. Era una noche de luna casi llena. El servicio quedaba en otra choza cercana. Entré en los servicios y eché el pestillo. Al cabo de medio minuto, mira tú la coincidencia, aparece alguien que intenta abrir la puerta de los servicios. Como había echado el pestillo, pues no problem. Escucho a la persona —una mujer— desde fuera intentar abrir sin exito y cagarse en la puta (que menos si uno se está meando) en inglés al tiempo que la oigo intentar abrir con la llave que hay puesta por fuera de la puerta. Después de varios intentos, la mujer desiste y se marcha. Yo, muerto de sueño, termino de evacuar. Me dirijo a la puerta, quito el pestillo, giro el pomo y la puerta no se abre. Me doy cuenta inmediatamente de que la mujer me ha dejado encerrado.

El resto de la historia es aburrido como las tres horas y media transcurridas sentado en el retrete hasta que un holandés madrugador me rescató, aunque mis ansias por salir eran tantas que no tuve tiempo de agradecérselo lo suficiente. Y eso, que he empezado el año en unos servicios de los que jamás me olvidaré. Tenían 38 baldosas de lado a lado del suelo. No diré más.

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