Mi Cine
Desde siempre he acudido al cine con ilusión renovada. Esperar a que se apaguen las luces y disfrutar de una buena historia es algo que siempre me ha gustado hacer. En mi pueblo existía el Cine Dalia, cuya programación solía ser de lo más completa. Un día te ponían una de James Bond y al siguiente La Vida de Brian y de ahí saltaban directamente a Jesucristo Superstar. Como era sesión contínua, uno podía pasar de ver —en una misma tarde— una de Bruce Lee haciendo Kung-Fú a una españolada impresionante sin apenas pestañear. Era un programa libre que posiblemente decidía la propia familia que gestionaba el cine.
Hoy pensaba que hace mucho que los cines no son libres como lo era el de mi pueblo. Se nos escapó ese momento de defenderlos como entidades independientes que gestionaban el patrimonio cultural cinematográfico y que, como tales, debían recibir, como lo hacen los teatros, ayudas de alguna clase para poder mantener un cierto nivel y no verse arrastrados hacia las fórmulas comerciales. La cultura independiente no produce negocio y si el estado no la ayuda a sobrevivir, perece bajo las fuertes presiones de la cultura comercial. No dejar que todos los teatros hagan revista parece —a priori— una causa que merece la pena defenderse. En el cine la cosa viene a ser algo parecido. No dejar que nos cuelen publicidad por cultura.
Los españoles vamos mucho al cine porque es un evento cultural asequible, moderno y de masas. Ojo, no más asequible que muchas salas de exposiciones o que algunos conciertos. Vamos al cine pero no a cualquier cine, sino a un cine de cadenas como Cineplex, Cinebox, o cualquier conglomerado de cines. En la mayoría de ellos te clavan 20 minutos de publicidad lamentable antes de empezar la película. Si las salas de cine necesitan recursos extraordinarios para sobrevivir, no considero que el espectador deba someterse a algo que no es lo que ha pagado por ver en el tiempo que ha decidido dedicarle el evento. También hay que distinguir lo que es publicidad o que te metan diez anuncios de productos de merchandising relacionados con una película que estás a punto de ver, de lo que es que te cuenten en 5 minutos la próxima película que quieres ver, lo cual es directamente una perrada.
El caso del merchandising es extremo en caso del cine infantil. Tanto querer proteger a los niños de la televisión malsana, pero los menores son el blanco de los publicitarios en mil y un lugares y no sólo en la televisión. La protección de menores debería protegerles de la ingente cantidad de publicidad que se dirige a ellos, lavándoles el cerebro desde pequeños para que se conviertan en buenos consumidores el día de mañana.
A lo que iba. Nos ponen publicidad en las entradas, nos entregan folletos de no se qué basura con la entrada, nos cobran 4,10 euros por unas palomitas y una coca cola que llevan publicidad y, en las propias películas te cae el product placement y publicidad de patrocinadores. Esto no es cine. Si somos serios, esto es publicidad pura y dura. El cine ha dejado de ser ese lugar de encuentro con historias fantásticas, tristes o divertidas, para convertirse en muchas ocasiones en una gran valla publicitaria. Y encima de pago.
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