miércoles, 14 de diciembre de 2005

A salto de mata

Mientras vuelo hacia Alemania como hago casi cada mes —algunas veces más a menudo, como las últimas— me sirvo usar el tránsito para escribir mi post de hoy. Recorrer distancias y vivir entre dos países de la EU no es complicado. Ni siquiera cambiar el chip de una cultura a otra, una vez te acostumbras. Esta mañana hablaba con Pepita, mi anciana y amable vecina de Barcelona, sobre las navidades que pasará con su hija y nietos y esta tarde seguro que me cruzo con Herr Wittenzellner, mi octogenario vecino de Berlín con quien seguramente conversaré sobre temas bastante parecidos. El problema de esta dualidad vital de residir en dos naciones distintas radica casi en lo fácil que resulta. Después de un tiempo viajar entre los dos hogares que distan dos mil kilómetros el uno del otro, el proceso se vuelve sorprendentemente mecánico. Tanto como cruzar Barcelona en metro. Sólo cuando pienso en ello resulta un poco desconcertante.

Hoy he llegado a la terminal cinco minutos antes de que cerraran el embarque. Cuando he llegado a la puerta de embarque ya no había nadie y solo me esperaban a mi y a otro. Ello no me ha producido ninguna urgencia, algo que hace unos meses sí me hubiera sucedido. Hace años solía llegar al aeropuerto con más de una hora de antelación y hacía una larga espera, paseaba por el area comercial y, en definitiva, hacía mi viaje más largo. Hoy en día trato de estar en el mostrador del check-in sólo 30 minutos antes de la hora de salida del vuelo por si hay cola para facturar (siempre facturo porque suelo ir más de una semana, con lo cual no me cabe todo en una bolsa de mano) o en el control de seguridad. Igual que en el transporte urbano, no tiene sentido ir una hora antes de que abran el metro. Siempre hay dos o tres personas como yo, que llegan en el último minuto pero sin prisas. Deben ser otros que viven en este mundo de los viajes.

Hoy por hoy tardo de puerta a puerta unas cuatro horas y media. Creo que cada vez encontraremos a más gente así, como los eurodiputados, que viven durante la semana en Bruselas y los fines de semana en su país de origen. Claro que a ellos les dan unas dietas astronómicas por "las molestias", algo que las empresas europeas no hacen.

Conozco ya a algunas de estas personas que viven entre dos países. Steven, un antiguo cliente que tuve, vivía en Birmingham pero trabajaba de lunes a jueves cerca de Frankfurt. Mi amigo Evelio también, trabaja de lunes a jueves en la city de Londres, pero vive en Madrid. Los viernes trabaja en las oficinas de su empresa en Madrid. ¿Por qué no? digo yo.

Hyères hoy. En esas playas me bañé yo en el 2004.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Leo tu comentario y lo entiendo perfectamente. El hábito hace al individuo. Así, los trances más complejos imaginables pueden suponer una barrera infranqueable para el no iniciado, mientras que para quien está acostumbrado no dejan de ser mero trámite.
Confieso que a pesar de las muchas veces que he viajado, sigo llegando al mostrador de facturación entre 1,5 y 2 horas antes de la salida del vuelo. Sin embargo, eso no me define en este terreno, pues soy una persona extremadamente puntual, hasta el punto de que suelo llegar a las citas incluso unos minutos antes de la hora fijada.
Sí estoy de acuerdo cotigo en que en la actualidad los viajes son más cuestión de dinero que de distancia. 4,5 horas a Berlín, caray, se tarda más en coche a Barcelona.
¿Vivir a caballo entre dos países? por qué no. Los hay que viven entre dos empleos, entre dos ciudades de un mismo país, entre dos familias e incluso hasta entre dos mujeres/hombres. Todo depende de lo que de uno de sí mismo.

Potrillos Locos dijo...

Sí, es una cuestión de hábito, tienes razón. Si mi destino fuese un lugar desconocido o partiese de un aeropuerto que no conozco, probablemente acudiría con más antelación.

4,5h de puerta a puerta, el vuelo apenas son 2,5 horas.

Me sorprende lo de los dos países porque las distancias al final ponen un límite a lo que es posible y lo que no. No podría vivir en Nueva York y trabajar en Madrid, porque de vuelos muy largos te recuperas mal y supondrían 15-20 horas de viaje a la semana, lo cual ya es excesivo. Como debía resultar excesivo no hace tanto lo que yo hago.

Con el viaje supersónico asequible se podría alcanzar un NY-Madrid sinj problema.