martes, 7 de febrero de 2006

Ruidos

Oigo mucho hablar de incivismo y tal. Cada vez que me subo al metro, en Madrid o en Barcelona, me acuerdo de los mensajes de los políticos locales que hacen suya la cantinela del civismo. Me acuerdo porque en el andén, mientras espero leyendo o símplemente contemplando el suelo, me veo obligado a escuchar el ruido impuesto que suponen los canales de televisión del metro, que con grandes y pequeñas pantallas, arrojan sus decibelios, jingles y publireportajes contra mis cansados tímpanos. Antes el transporte público venía a ser el esforzado lugar de apretujones silenciosos en el que uno arrancaba unos segundos al periódico o al libro. Hoy es la piscina de volúmenes dispares en la que se ha perdido el sentido de espacio y de servicio público, que debe regirse por el respeto entre el ciudadano y el prestador de servicios. Parece como si las empresas del metro hubieran decidido tomarse la revancha por todos aquellos agravios, cristales rayados, graffitis, gamberradas y viajeros que se saltan la barrera, castigándonos a todos de esta manera.

Estoy esperando que surja el Canal Juzgados, el Canal Ventanilla de Hacienda, el Canal Correos, el Canal Registro de la Propiedad y que, finalmente, esta tendencia no deba verse aislada a un solo ámbito de los servicios públicos. Allá donde deba usted esperar, le esperamos con nuestra dosis de pantalla y altavoz.

He estado en ciudades en las que el canal de metro es sólo imágenes, haciendo posible que sea una opción ser espectador o no. Hasta ahí puedo entenderlo. Pero si el problema es que el metro tiene problemas de financiación y debe financiarse en parte a través de la publicidad, casi prefiero pagar un poco más y que quiten el volumen. Mientras tanto soy audiencia por obligación.

1 comentario:

Fernando Polo dijo...

Aggh, qué desgracia más grande cuentas sí. Ese detallito que te hace un poco más infeliz el día, como si no tuviéramos bastante con nosotros mismos.

A mí me entra esa sensación cada vez que por la mañana, con las niñas, a las 8.20h paso delante del Senado, y escucho en sordina (cierro hasta los ojos, para no pensar) al hombre de mono azul, que dejó la escoba para aferrarse a un propulsor a motor que esparce las hojas por los aires.

Seguro que algún político iluminado pensó que lo políticamente correcto es que "nadie cogiera nunca más una escoba". Para eso está la modernidad de los tiempos más modernos.

Eso, Ruidos.