Analfabetos del A/V
Algunos hablan de la necesidad de una alfabetización audiovisual, algo que por otro lado no me extraña, dada la enormidad de cosas que debemos percibir cada día sin tener la capacidad ni de analizarlas ni de entenderlas. Es un proceso parecido al que nos sucedió cuando las máquinas y sus mecanismos —esas poleas tan simpáticas—dejaron de ser autoexplicativos, diluyendo la causa y efecto en circuitos invisibles y procesadores nano-enanos. Ahí empezó la humanidad a perder el control sobre lo que le rodea. Si bien la mecánica de lo natural nunca fue transparente y se ha ido abriendo un poco más a la mente humana, en la vida del arte-facto se ha producido un proceso de alejamiento, de adopción de una opacidad cada vez más extensa. No se debe ello sólo a la complejidad que actúa en el progreso tecnológico, sino que más bien se trata de que en un mundo en el que la observación o el estudio se contraponen con la aceleración en las expectativas de resolución de problemas, se termina por priorizar lo que requiere de solución inmediata, en una sucesión de inmediateces, que posterga al futuro más inalcanzable la tarea esencial de comprender las cosas a medida que el tiempo las golpea y erosiona. ¿Qué es lo audiovisual hoy que no sea una versión HD ultra nítida y con mega alta fidelidad de todas aquellas imágenes que se han acumulado como veladuras en los arbóreos anillos de nuestra retina cultural a lo largo de la existencia?
No se trata de que el audiovisual se convierta en realidad, sino de que la interacción con lo audiovisual sea un instrumento posibilitador de experiencia útil y no en una secuencia lateral de la realidad.
La imaginación que nos provee de la capacidad de asirnos a la realidad por medio de la extensión, está tan poblada de un lenguaje referencial que termina por traicionar su propia capacidad de aportar su producto natural que es lo inventado. Sólo comprendiendo las sucesivas interacciones que se suceden en lo que percibimos, podemos recuperar una parte de lo que nos es invisible habitualmente y poder usarlo de forma enriquecedora. El ABCD de nuestra capacidad de ser se escapa si nos sentamos ante el espejo y nos olvidamos de que lo que hay delante es una imagen y no nosotros mismos. Ese es el grado de confusión en en que nos permitimos vivir.
Yo en todo esto, soy un ciego más. La buena noticia: se puede cambiar.
Todo esto me recuerda viejas lecturas de Rudolf Arnheim, que ya se preocupó por todo esto sin sospechar que la ofensiva del audiovisual sobre la sociedad del mañana (por hoy), estaba aún por llegar.
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