domingo, 21 de enero de 2007

El metro como soporte publicitario

Hoy he podido observar en el metro una publicidad que consiste en cubrir la mitad superior de las ventanas de un vagón del metro de Barcelona. Se trataba de un anuncio de jeans, con una señora muy estupenda. Esta pieza publicitaria se encontraba en cuatro de las ventanas del vagón de la línea 3 en el que yo viajaba. Como desde que estoy en Barcelona me he dado cuenta de que los espacios publicitarios en la red de metro incrementan de manera constante, ya había previsto que un día el espacio alcanzaría el interior de los vagones.



Al apearme del metro en Fontana, he observado los espacios reservados a publicidad y me he percatado de que, desde que uno abandona el andén hasta que alcanza la calle, no dejan de ser existir unos 25 o 30 "impactos" publicitarios. Barcelona no es la primera ciudad del mundo en la que las concesiones publicitarias suponen una fuente de ingresos para la red de transporte público. En cierto sentido creo que mucha gente está de acuerdo con una política de financiación mixta que permita abaratar el precio por trayecto a cambio de permitir alquilar espacios publicitarios. El debate de si los servicios públicos deben servir de expositores no es nuevo. Lo relevante es saber dónde poner los límites para no terminar teniendo unas redes del metro en los que sea imposible encontrar un mapa de la red escondido detrás mil anuncios. Por ejemplo, los paneles que han puesto junto a las escaleras mecánicas (unos formatos de unos 60x40 cm) y que ahora mismo en la estación de Fontana cuentan con un espacio entre cada uno que permite introducir un panel más, terminarán por hacer hueco a más espacios, duplicando el número de publicidades posibles en el recorrido de una escalera. Forrando las paredes de mensajes, se consigue un efecto casi contrario al del deseado, casi como en el site "The Million Dollar Homepage" donde cada pixel cuesta un dolar y hay un millon de pixels. Lo malo de poner un anuncio ahí es que, si no eres un gran inversor, es imposible que nadie vea tu marca.

El problema fundamental con el transporte público surje en los casos en que el espacio publicitario tiene un impacto directo en la calidad del servico público que se ofrece. Las ventanas del metro son, en este sentido, un ejemplo de lo que se pretende ilustrar. Las ventanas cumplen una función, de lo contrario no tendría sentido tomarse la molestia de existieran. Después de todo, a través de ellas se ve el túnel y los andenes, la estación a la que llegamos, nos resta claustrofobia, etc. No es mucho, pero es más de lo que ofrecen muchos ascensores que no tienen ventanas. No se qué funciones adicionales tienen, pero seguro que existen por un motivo distinto al de cubrirlas con publicidad. El sistema público de transporte de Barcelona (TMB), al permitir que una parte funcional del servicio sea secuestrada invadida por el espacio publicitario perjudica la calidad del servicio. A este respecto, si lo que TMB desea es tener espacios publicitarios dentro de los vagones, lo que debe hacer es habilitarlos sin perjudicar las características del servicio.

El caso más llamativo de invasión del espacio público es del del Canal Metro, un concesión de TMB a la empresa New Ad Publicity S.A. que forma parte del grupo ACS (los de la constructora). Barcelona es una ciudad con una contaminación acúsitca enorme. La administración incluso invierte fondos públicos en tratar de mitigar este problema. Sin embargo, a Canal Metro, que no deja de ser una concesión de explotación, se le ha permitido hacer algo que en cualquier otro ámbito de los servicios públicos sería inviable. El hecho de que existan televisores en los andenes del metro no tiene nada de particular. Pueden considerarse vallas publicitarias digitales. Si un usuario de la red decide mirarlo o no depende en gran medida de él. Lo que no tiene comprensión posible es la obligatoriedad que impone el hecho de tener que escuchar el audio que acompaña a dichas vallas publicitarias. El usuario no tiene más remedio que escuchar jingles, titulares y publireportajes que la empresa concesionaria le de por lanzar a través del canal. En un medio de transporte empleado por millones de personas cada día, eso supone un potencial de perturbación colectiva enorme. La gente no va al metro a informarse, sino a transportarse y la administración, al permitir el material audiovisual, obliga a las personas, quieran o no, a tener que escuchar los mensajes del canal metro.

Imagínense ustedes que sucediera lo mismo ante las ventanillas de hacienda, ante los juzgados, ... imaginen que en la megafonía del aeropuerto se hablara de los 8 días de Oro de El Corte Inglés o de la maravillosa gestión municipal del alcalde. Imagínense que el camión de la basura pasase todas las noches con altavoces exhalando programas de radio a todo volumen. Eso sólo por poner los ejemplos que se me vienen a la cabeza, porque seguro que los hay más surrealistas, aunque todos viables a poco que la administración se ponga al servicio de abaratar costes a base de ceder a las presiones comerciales y publicitarias. De las palabras "Servicio Público", la segunda palabra tiene unas implicaciones que deben impedir cierto tipo de actividades cuyo resultado sea que ese servicio público y esa infraestructura pagada y financiada con fondos públicos, se vea deteriorara o que llegue, como en el caso del audiovisual, a suponer una imposición obligatoria a los usuarios.

No está ni en el mejor interés del público, ni de la administración, ni siquiera del anunciante, la agresión no deseada al consumidor, el impacto involuntario que pueden tener cierto tipo de cosas sobre los usuarios del transporte público. No tapar ventanas y no obligar a la gente a escuchar algo que no sea imprescindible son cosas razonables a solicitar de los gestores de las empresas que se pagan con los impuestos de todos. Más aún cuando esas empresas son las primeras que a menudo apelan al respeto y al civismo para que los medios de transporte público mejoren en calidad.

Desde la ciudadanía también ha de exigirse a la administración que reconozca el derecho de los ciudadabos a que los servicios públicos no transgredan las normas de convivencia que nos hemos dado entre todos y mucho menos cuando ello responde a la satisfacción de intereses comerciales o particulares.

Como profesional de la publicidad soy el primer interesado en que la publicidad sea una cuestión amable, una comunicación no agresora y que sea el consumidor quien decida si se interesa por ella o no, pero no imponérsela.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Hola me llamo Pedro y como usuario del tranvia de la ciudad de Valencia veo que la publicidad en vinilo con la que FGv ha recubierto las unidades de sus tranvías haciendo campaña institucional o simplemente publicidad transgrede de una forma bastante descarada la seguridad del viajero, ya que se "taponan" de una manera física las posibles salidas de emergencias de las unidades si estas se viesen involucradas en un accidente o incidente dentro del vagón y que las puertas de origen estuviesen bloqueadas.